Se levantó de la cama de un salto. Corrió al baño y se abrazó al inodoro. Descubrió entonces cómo Copernico pudo dilucidar que la tierra giraba alrededor del sol sin usar un puto telescopio.
“Una ducha fría”, pensó. No era sólo el acto, sino lo que representaba. El significante, en su mente, equivalía al mejor medicamento contra la resaca que existe en el mundo. Quizás no sea más que un placebo, pero siempre funciona.
Una vez fresco, salió del encierro y comenzó a andar bajo el sol del mediodía. Los difusos recuerdos de los excesos perpetrados el día anterior eran como los vidrios de una gran mampara que había sido destruida. Se acordó de J., de las chicas, de P., del fernet. Todo era un quilombo. “¿Cómo mierda habré llegado a mi casa?”.
Interrumpió su divagación el Negro Pomada. “Machadito -galanteó el hijo de puta-, escuchá. Tengo un problema (disculpá que te moleste), pero mi papá se murió y necesito para el velorio; no tengo nada, hermano, y no sé qué hacer”. Tendrá 60 años el Negro Pomada. Su padre habrá muerto hace 15 o 20, porque él vive con sus dos hermanos en un cuartucho, abajo de las tribunas del club de básquet, y jamás se le conoció progenitor alguno. “No tengo, negro”, se excusó K. El tipo se puso serio. El sol le hacía relucir su tez morena, casi sin arrugas ni evidencias de los años. No le había negado dinero, sino un bienestar aún mayor. Así lo sentía él, sin lugar a dudas. No dijo nada más y se fue.