El bramido del teléfono lo hizo despertar sobresaltado. A tientas, cazó el tubo y lo llevó hacia alguna parte de su cabeza. Aún sin abrir los ojos, intentó esbozar una palabra, pero sólo logró expulsar una conjunción de sonidos ininteligibles; tuvo que carraspear dos veces y recién entonces pudo murmurar “hola”.
-Disculpá la hora- respondió la otra persona.
El más poderoso rayo que tenía el sol entraba por la ventana y le asaba la cabeza. Estaba aturdido por la migraña, y había en su boca un gusto amargo con resabios de fernet que parecía el viento sonda.
Estiró el brazo derecho y reventó el tubo contra el teléfono. Al colgar, la campanilla sonó brevemente, como el quejido de un inocente.
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