Caminos

20/02/2009

K. caminó varias cuadras. Había salido rumbo al almacén, pero se distrajo en el camino, fiel a su costumbre de divagar cuando la mente se lo pide. De repente, un chistido lo hizo voltear. Charly, su vecino, había pasado junto a él.

– Date vuelta cuando te hablan, imbécil-, dijo riendo el muchacho.

La charla dio vueltas sobre lo consuetudinario, y en uno de esos ítems K. preguntó por Pam.

– Creo que sabe que la estoy engañando-, murmuró Charly.

– ¿Acaso no creés en la fidelidad?-, contestó K.

– Obvio que sí -respondió el otro-… pero en la de ella, claro.


Lo que subyace

14/02/2009

Se levantó de la cama de un salto. Corrió al baño y se abrazó al inodoro. Descubrió entonces cómo Copernico pudo dilucidar que la tierra giraba alrededor del sol sin usar un puto telescopio.

“Una ducha fría”, pensó. No era sólo el acto, sino lo que representaba. El significante, en su mente, equivalía al mejor medicamento contra la resaca que existe en el mundo. Quizás no sea más que un placebo, pero siempre funciona.

Una vez fresco, salió del encierro y comenzó a andar bajo el sol del mediodía. Los difusos recuerdos de los excesos perpetrados el día anterior eran como los vidrios de una gran mampara que había sido destruida. Se acordó de J., de las chicas, de P., del fernet. Todo era un quilombo. “¿Cómo mierda habré llegado a mi casa?”.

Interrumpió su divagación el Negro Pomada. “Machadito -galanteó el hijo de puta-, escuchá. Tengo un problema (disculpá que te moleste), pero mi papá se murió y necesito para el velorio; no tengo nada, hermano, y no sé qué hacer”. Tendrá 60 años el Negro Pomada. Su padre habrá muerto hace 15 o 20, porque él vive con sus dos hermanos en un cuartucho, abajo de las tribunas del club de básquet, y jamás se le conoció progenitor alguno. “No tengo, negro”, se excusó K. El tipo se puso serio. El sol le hacía relucir su tez morena, casi sin arrugas ni evidencias de los años. No le había negado dinero, sino un bienestar aún mayor. Así lo sentía él, sin lugar a dudas. No dijo nada más y se fue.


Secuelas

13/02/2009

Ya no pudo volver a dormir.

La ventana daba directamente hacia Saint Lorentz street, un viejo callejón que aunque no tenía salida era muy transitado por vagabundos, chusmas y mercaderes de chucherías. “¡Alcachofas!”, gritó uno de estos viejos, y el alarido se espetó en sus oídos.

Para esa hora, Southern Town ya había despertado por completo.


Amanece un dragón

09/02/2009

El bramido del teléfono lo hizo despertar sobresaltado. A tientas, cazó el tubo y lo llevó hacia alguna parte de su cabeza. Aún sin abrir los ojos, intentó esbozar una palabra, pero sólo logró expulsar una conjunción de sonidos ininteligibles; tuvo que carraspear dos veces y recién entonces pudo murmurar “hola”.

-Disculpá la hora- respondió la otra persona.

El más poderoso rayo que tenía el sol entraba por la ventana y le asaba la cabeza. Estaba aturdido por la migraña, y había en su boca un gusto amargo con resabios de fernet que parecía el viento sonda.

Estiró el brazo derecho y reventó el tubo contra el teléfono. Al colgar, la campanilla sonó brevemente, como el quejido de un inocente.